La capa del navegador

Un texto traducido por el navegador ya no es el texto

Esta es, de todas las funciones que recorre la serie, la que más cuidado merece. Los navegadores ofrecen traducir una página entera al vuelo, y para orientarse en un documento ajeno es una ayuda enorme. El problema empieza cuando lo traducido son condiciones: ahí cada palabra pesa, y varias de ellas tienen un significado definido dentro del propio documento que no coincide con su significado corriente. Una traducción automática no sabe cuáles de esas palabras son términos técnicos del contrato y cuáles son lenguaje común, así que las trata a todas igual. Además reescribe los números, que llevan separadores y formatos distintos según el idioma. El resultado se lee con fluidez y por eso se confía en él, que es justamente lo que lo hace peligroso.

Medios descritos

Dónde se rompe una condición al traducirse

Tres puntos donde el riesgo es concreto y una alternativa razonable si el idioma original te resulta difícil.

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La reescritura ocurre en tu pantalla

El documento del servidor no cambia: lo que cambia es lo que se te muestra. Eso implica que la versión sobre la que tomaste una decisión no existe en ninguna parte y no se puede citar ante nadie. Para el operador, el texto vigente sigue siendo el original.

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Las palabras que peor toleran ser traducidas

Las que el documento define expresamente. Cuando un reglamento declara qué entiende por una conducta o por una categoría de operación, esa palabra deja de ser lenguaje común y una traducción que la sustituye por un sinónimo aparentemente equivalente rompe el vínculo.

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Cifras, monedas y formatos también se tocan

El punto y la coma cambian de papel entre idiomas, los nombres de moneda se adaptan y las expresiones de tiempo se reformulan. Cualquiera de esas tres cosas convierte una condición clara en una ambigua, y el lector no tiene manera de notarlo.

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Qué hacer si el idioma original te cuesta

Usa la traducción para orientarte y volver a ubicar la cláusula, y lee el original antes de decidir o de citar. Si el sitio publica una versión oficial en tu idioma, esa es preferible a cualquier traducción improvisada, y conviene anotar cuál leíste.

Consultas que llegan una y otra vez

¿Entonces está mal usar el traductor del navegador?

No, es una herramienta útil y no pretendemos que nadie renuncie a ella. Lo que señalamos es dónde termina su utilidad: para hacerse una idea general va perfecto; para decidir si aceptas una condición, para reclamar apoyándote en una frase o para citarla, el texto que vale es el que el sitio publicó.

¿Cómo sé si lo que estoy leyendo está traducido?

Los navegadores lo señalan de alguna forma en su propia interfaz, con un aviso o un indicador que aparece al activarse. Dónde exactamente depende de cada uno, así que merece la pena fijarse una vez para reconocerlo después, sobre todo si la traducción automática se activa sola al detectar otro idioma.

¿Qué versión manda si el original y la traducida difieren?

Muchos documentos legales incluyen una cláusula que designa un idioma como prevalente precisamente para resolver esa duda. Conviene buscarla en el documento que estés leyendo; no la transcribimos aquí porque no revisamos ese apartado para esta nota y no vamos a resumir de memoria algo que el lector puede leer directamente.